Migraciones y migrañas

linuxLa semana pasada durante el descanso de un curso salió a debate uno de esos temas en los que sigue sorprendiéndome la postura de administradores de sistemas curtidos en mil batallas pero que siguen teniendole miedo a una eventual migración a LINUX no ya de los servidores (yo creo que eso está superado en mayor o menor medida) sino de los escritorios.

Cuando la conversación sale en un círculo adecuado en el que no hay gente que siente miedo a lo desconocido y pereza por aprender cosas nuevas (en estos casos la conversación me aburre tanto que ni siquiera suelo argumentar nada) el problema que suele plantearse siempre es el del usuario ¿se acostumbrará fácilmente?¿asimilará el cambio?¿bajará su productividad? Nadie ve problemas de calidad ni de funcionalidad, sino que las excusas suelen derivarse hacía la capacidad de adaptación del usuario.

A mi este tema siempre me coge de sorpresa ¿porqué se le tiene tanto miedo al usuario?¿se le mima demasiado?¿se le tiene miedo?¿tal vez se le infravalora? Yo en estos casos suelo contar siempre una de las migraciones más difíciles que he tenido que realizar. Y no, no era hacia LINUX, sino, aunque os parezca raro, hacía Windows

Os hablo de 1994. Hace ya mucho, mucho tiempo: los primeros Windows de la familia NT comenzaban a presentar batalla, Novell Netware empezaba a perder terreno y en los círculos profesionales intuíamos ya que OS/2 iba a tener muy poca historia. Yo había entrado a trabajar en una “importante empresa del sector editorial” para hacer un experimento piloto: querían migrar su sistema de edición a nivel nacional desde un sistema dedicado llamado LATEX a Windows NT 3.5 y QuarkXPress. El cambio, como os podeis imaginar, era brutal: se trataba de pasar de un sistema con teclados multifuncionales especificamente diseñados para una labor concreta, sistemas con pantallas de fósforo verde y usuarios de una edad media de más de 40 años que no sabían ni lo que era un ratón (prometo haber visto a más de uno sujetándolos con las dos manos hasta llevarlo a su destino) a un sistema windows. Hablo, además, de una época en la que la microinformática no era algo tan común como lo es hoy y, posiblemente, aquellos usuarios se enfrentaban por primera vez en su vida a un entorno gráfico. Y lo hacían con muy pocas ganas, todo sea dicho.

Y sin embargo se hizo. Y con menos problemas de los que ninguno os podeis imaginar. Las cosas se hicieron bien. Yo por aquellos entonces era muy jovén, tenía poca experiencia y prácticamente asistía como espectador así que no puedo atribuirme ningún mérito en la migración y puedo hablar de ello sin verguenza ni falsas modestias: el nuevo sistema se montó en paralelo al anterior, se dieron cursos de formación realizados por verdaderos profesionales (recuerdo con cariño a Lázaro, un cubano encantador que fue el encargado de ello), se hicieron un par de ‘números cero’ previos al estreno y cuando llegó el día señalado el diario (si, se trataba de un periódico de tirada nacional) salió a la calle sin ningún contratiempo.

Plantearos ahora el caso que nos ocupa: una migración de escritorios windows a linux. Plantearoslo en un entorno mucho menos crítico del que os he narrado: usuarios más jóvenes, acostumbrados a trabajar en un entorno gráfico muy similar, con necesidades menos especiales, con un modelo de negocio menos crítico ¿realmente lo creeis tan difícil? A lo mejor es que a mi, después de aquello, el resto de las migraciones que me ha tocado vivir siempre me han resultado fáciles pero os aseguro que si el ser humano ha pasado del bolígrafo y la libreta al ordenador, fácilmente puede adaptarse a pulsar un icono en el que hay una letra K mayúscula en lugar de un botón en el que pone inicio.

Dejémos, pues, de poner al usuario como excusa.

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